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martes, 11 de diciembre de 2012

DESDE LA ACERA Y A PEDALES

CRONICA DESDE LA ACERA Y A PEDALES.

Lo primero que tengo que recordar, a los que no me conoceis, es que una inoportuna lesión de rodilla me ha impedido lidiar la batalla de la Maratón y contarla desde el asfalto, así que me he permitido la licencia de hacerlo desde la acera y a pedales.
Aunque para ser sincero, mi objetivo de este año era luchar por la Maratón de Valencia y tratar de atacar el record del club.
No me imaginaba que iba a ver lo que vi, por eso me hace ilusión contarlo.

Ocho y cinco de la mañana. Cafetería del Hospital Provincial. Llego a lomos de Akila, mi potro de aluminio Azul y negro.
La misma Nela que me sirve a diario el primer cortado de la mañana me lo sirvió tarde, poco antes de ir a hacer la primera foto oficial del Amics del Clot ante la estatua Hechicera de Ripolles. Tarde, porque estuve saludando a la peña Clotera y me llevé la primera sorpresa del día. Estaba yo mucho más eufórico que vosotros.
Sí, acojonados estabais todos tomando un brebaje que quería sacaros del abismo. Esa bebida euforizante que gusta tanto al ser humano y más al corredor, avalado por los muchos y variados estudios y escritos de consumo universitario y quiosquero.
Y me hizo pensar.
-Jo!, yo aun estaría más acojonado que ellos.
Yo, que me tomaba lo del correr tan en serio que me molestaban hasta las fotos para no perder ni un segundo el rictus de concentración ante el cronómetro.
Pero hoy, los papeles están cambiados. Yo voy a ser el pesado de la camarita y de las palabras fáciles, que nada tienen de complicado si se dicen a menos de cien pulsaciones y no a más de ciento sesenta.
Iba a ser… porque al final tire la camarita al carajo, pero ya os contaré.
Yo, que visitaba a Roca hasta dos veces antes de una gran cita, y a veces me veía obligado a abonar los campos de las montañas previo al pistoletazo; estaba tranquilo.
Yo, que me he sentido más indispuesto ante una carrera que ante el mismísimo examen de oposición MIR; estaba tranquilo.

Ocho y quince. Foto oficial. Repetida por enésima vez, porque siempre faltaban cloteros que se incorporaban. Me recordó la aventura de los payasos, donde Fofo y Miliki eran fotógrafos de Gaby, y antes del disparo siempre llamaban al timbre, hasta que al final, después de sucesivas interrupciones, aparecieron sobrinos, primos y hasta la abuela.

Ocho y veinte. El pelotón de corredores se encarama hacia el patíbulo de salida.
Sí, parecíais los reos condenados a muerte. Cabizbajos y a paso lento, cargados de recuerdos de vuestro entrenamiento reciente. Cuantas horas, cuantas noches, cuanto frio, cuanto sol y hasta lluvia, cuantos madrugones, cuantas comidas a medias, cuanta siestas sacrificadas, cuanto sudor, cuánto dolor, cuanto cansancio…Todos hacia la ejecución de salida.



Y me acordé de mi primera Maratón, antes de la salida. Me acordé de la gran congoja y el puñado de nervios que me acompañaban. Desde fuera no se entiende ni se comparte.
El que mira y aplaude de la calle, no tiene ni puta idea de por qué esos locos van en manada un domingo por la mañana temprano; desafiando el frío con tirantes y pantalón corto. Sin ganar nada más que un palizón de sudor y de pago. Eso sí, por desgracia los tienen que sufrir en sus casas. Por eso van a apoyarlos en su locura. Todos están contagiados. Y no es un virus. Es una plaga.
Yo, tengo ganas de bromear y nadie me sigue. Nadie bromea ante el martirio, o esta vez ¿será la gloria?

Ocho treinta. Allí, sobre la acera, enfrente del puente de la UJI, se sueltan los primeros nervios en forma de trotes desenfadados, ligeros de ropaje, a pesar de que el frío de la mañana de Diciembre pone las orejas tiesas, enrojece la nariz y hace escocer los brazos y piernas desnudas.
Seis grados Celcius marca el termómetro.
Los fotógrafos profesionales ya están por allí y muestran sus acreditaciones orgullosos. Jorge Romero está entre ellos.
Fotos y video. Pancarta de Amics del Clot. Ultimas palabras de los familiares valientes que arropan al reo hasta la plaza de ejecución.

Los africanos de enjutas carnes negras van a otro ritmo. Calientan con calma pero con frío, sin exhibiciones. Tienen más de cuarenta kilómetros para exhibirse. Con rostros gélidos más que de susto, se resguardan de los simpáticos blancos que les quieren sacar una sonrisa y de paso una foto. Pero ellos no son de aquí. Su reino no es de este mundo. Corren para ganar, pero sin acritud. Porque así lo quiso Dios, eso no va con ellos. Los laureles son para otra raza.

Ocho cuarenta y cinco. El micrófono de ambiente recuerda a los corredores que vayan entrando a sus cajones. Hay que tener cojones- con perdón- para meter a dos mil tíos, en compartimentos estanque, siguiendo las reglas del juego.

Ocho cincuenta. Se piden aplausos para los corredores, que apenas saben aplaudir, porque allí están para que los aplaudan.
Se pide aplausos al público, que está allí de casualidad o por obligación y tampoco están para que un señor desde la autoridad que confiere un micrófono, les obligue a aplaudir para calentar el frio.

Ocho cincuenta y cinco. Suena carros de fuego.
El que está a lo que está debería sentir escalofríos. Yo como estoy allí de mirón no siento nada.

Las nueve. El pistolero y alcalde Bataller apunta al cielo. Pum…
Y la miríada de corredores empezáis a correr como cuando abren las puertas del manicomio. O las puertas de las rebajas de los grandes almacenes en Enero.

Libres por fin. Se acabaron los nervios, las prisas, el mal fario y comenzáis a sentir el asfalto desnudo bajo vuestras zapatillas de cien euros.

Para mi empieza el otro complicado viaje sobre las dos ruedas. Hacerme sitio entre el tráfico, los espectadores, las aceras y los organizadores para rodar en equilibrio a ritmo de paseo ciclista.

Kilometro uno. Ni lo veo ni lo siento. Voy por el asfalto de los corredores. En busca de camisetas blanquinaranjas.
Procuro no atropellar a los atletas ni que ellos se me echen encima. Ahora la euforia de los corredores es muy superior a la mía.
Me siento como elefante en una cacharrería.
Os veo, vais en grupetos. Serenos. Tranquilos, hablando poco. Corriendo bien, sin prisa. Tan separados en el asfalto como son las aspiraciones en el reloj. Vais tiñendo la ciudad a cuadros naranja.

Kilometro trece. Nadie ha llegado. Soy el primero. He callejeado de forma tramposa y me he situado aquí.
Voy a intentar hacer mi reportaje fotográfico. ¡Cagada!
Primer error. La elección de la cámara. Escogí una compacta ligerita, que hacía tiempo que no utilizaba y la cagué.
Veo por el frente la embestida africana en punta de flecha. Se dirigen, rodeando a un pobre blanco, con cara de estar mal acompañado, a poco más de tres minutos por kilómetro. Un ritmo que no mata a muy pocos. Todos vuelan hacia mi objetivo fotográfico.
¡Flash!, foto. Agua… quiero decir asfalto. Yo juraría que habían pasado. Cuando me doy cuenta ya han girado la rotonda y me dejan otra oportunidad. ¡Flash!… El sol me la quema.
Y así me doy cuenta -cuando ya he disparado hasta para cazar al mítico Martin Fiz- que el lugar no es el apropiado ni yo soy fotógrafo.
Espero a los Cloteros. Albert…
-Che, ¡que te furtaran la bici! Me espeta con certeza al ver tan lujosa máquina aparcada en la acera, a más de diez metros de mí.
La pancarta de 2.45 que estuvo conmigo hasta la obsesión casi toda la carrera pasada no la veo, o ¿no existe este año?

Alguien me saluda con modestia y lo veo deslizarse con su enjuta figura de blanco medicina sobre el asfalto, cerca de la mediana de la ronda. Es Pep Moles. Ya no me acordaba de él. Siempre tan humilde…

Miguel Ángel…Pancarta de tres horas. David, Ramón Peris. No hacen cara de ir de copas. El tándem Rafa y Guillem. Sincronización perfecta. Rictus profesional.
Adrian, Vicent Borja. La veteranía y el saber estar al poder. El grupeto de Olalla, Toni y Rufino, Domingo, Paco Nebot, José Luis, Recátala, Manolo, Pedro, Vicent Martí, Ramón Castillo, Oscar, Pepe, El Presi, Manolo Ríos, Juanlu, Salva Tello y tantos otros que ahora me dejo en el tintero y que guardo en mis retinas. Gente que veo vestida del Clot y no sé ni que existen y ahí están, dando la cara con honor.
Seguro que habrán participado mucho más que yo este año de las salidas domingueras.

Kilometro quince. Después de mi experiencia desastrosa con las fotos decido hacer lo que mejor se hacer, correr. Y de paso darle un poco al palique.
Como reportero de guerra me muevo entre la tropa y los cadáveres. Eso sí, sin cámara ni grabadora. Solo mi retina enfoca para luego contar esto que os digo.
Manolo Vidal -camino del quince- me da conversación, o yo a él. El, a cinco cuarenta y cinco por kilómetro, yo en paralelo a la sombra de los edificios sin coches.
Camino del Grau, unos cuantos de la tropa han desfilado por el 16. Tomo la mediana del TRAM y unos Nacionales me recomiendan que no pise el asfalto de los corredores. Veo al Boti, a Peiracho y a otro biker de Burriana y me voy con ellos.
Albert ya viene de vuelta más allá del 22.
-Estic trencat. Su ritmo ya no es asesino. El pinchazo y el martirio hasta meta no ha hecho más que comenzar. Herido de muerte le hago una foto.
El tándem Rafa- Guillem no pierde aceite.
Miguel Angel consigue distanciar a las tres horas. La persecución no tiene tregua.
El león no tiene ganas de rugir. Ramón Peris pone cara de penitente insurrecto hacia el comienzo del cambio metabólico. Engullidos ambos por los aspirantes a sub-tres.

En dirección hacia la ciudad, los legionarios de las 3.30 rugen en silencio detrás del pulso firme y el paso marcial de un gran guerrero, Jose Alberto.
Mi saludo al cielo proclamando su nombre es de clamor por la cara de felicidad que muestra el héroe del Clot, ante cuya sola evocación toda rodilla se doble.

Cambio de registro y de sentido. Sigo a Salva Tello. Su ritmo es más sabrosón:
-No tens, Nolotil, Ibuprofeno o réflex.¡ Bon metge eres tú! Me suelta con sorna y socarronería.
-Ya te buscaré alguna chicona pa que te pegue dos flitaetes a on tu li digues. Respondo para mis adentros.
El presi, Oscar Marco, Pepe y más; siguen separados del cartel de las 4 horas con solvencia. Manolo Muñoz me saluda con desvío de la trayectoria recta del paseo del Grao para evacuar aguas menores y así equilibrar la homeostasis de la maquinaria.

Media maraton. La vuelta a Castellón después de la Mitad de la carrera se presume algo más dura que la bajada. El sol sigue brillando para regocijo del calvario que aun no ha comenzado para muchos. El hombre del mazo duerme agazapado para salir un poco más adelante entre las calles de la ciudad despierta de Domingo.
Es el tramo más crítico. Donde Manolo Vidal vuelve a aparecer a mi lado.
-No puc menjar res. Me lo dice con un plátano sin pelar en una mano y una botella de líquido en cada mano. O tiene tres manos o repite con una. Curiosa la imagen.
Más curioso resulta el comentario al cruzar la rotonda del Tombatossals y tener que escuchar de una señora de mediana edad decir a un niño supuesto familiar suyo:
-Mira eixe home ja es molt major. Refiriéndose al jabato de Manolo, que está hecho un chaval; rivalizando en fuerza con el gigante de hierro que dejamos atrás con la roca en todo lo alto.
No sé si se ríe más el o yo. El, porqué se da cuenta de que no es un chavalín, y yo por la inoportunidad de la sentencia para un gladiador que se está batiendo en el asfalto con gente mucho más joven y también más mayor.
Veo sufridores del Clot con la pancarta a cuadros cerca de Maria Agustina. Es un “deja vu” o “el día de la marmota”.
¿Cuantas veces diría yo que hemos pasado por un sitio parecido?
Camino del muro. Antes del treinta y tres, Olalla marcha arropada por los hermanos Fernandez, a buen paso. Solapado a ellos un veterano de A quatre pelat me saluda. Es Paco el incombustible. El marido de mi ex enfermera de consultas Espe. Más de cincuenta y cinco primaveras sobre su columna lumbar atornillada con doble barra de acero. Merito por su trayectoria y heroicidad o inconsciencia, por su acto de desobediencia civil mantenida a su cirujano.Volvio a correr hace años en contra de su prohibición absoluta.
Con Vicent Martí ya me confesado antes y le doy la absolución para que muera en paz. O eso creo.
José Luis bracea sin dificultad pero lleva metido el cuello como una avestruz, huyendo del peligro de minas que va a cruzar, camino del treinta y seis.
A Paco Nebot le molestan hasta los calcetines, o unas medias tipo tubilast que son como las medilast, pero de crisis.
La cara de satisfacción está por encima del campo del terror, donde abundan los muertos vivientes, plantando cara al tío del mazo que está aupado en el muro. Viéndonos llegar.
Yo trato de mirar al asfalto y a los lados para ver si hay levantada una pared, pero no, no la veo. En bicicleta los muros tienen otro nombre, creo que les llaman puertos y no hay veleros.

El final.Creo que me quedan los tres kilómetros finales. Ya no pillo a los primeros, que se han tomado la primera cerveza a su salud. Tampoco a los galgos del club.
Me he entretenido demasiado.
Los últimos kilómetros los dejo para la gloria efímera de los finishers. No quiero contaminar el paisaje con las ruedas que no pintan nada ante tanto esfuerzo pedestre.
Dejo la calle libre a los fotógrafos para tomar las instantáneas más logradas del concurso.
En el enrejado de Ribalta os veo sudorosos y con toallas, y no son de playa.
El león David jura que nunca más. Creo recordar que fue lo primero que dijo el año pasado Albert después de correr en dos cuarenta.
También me suena a mí la frase cuando acabé pajeado en Valencia hace más de 2 años, después de ir sonámbulo durante los últimos 7 kilómetros y parar el reloj en dos cuarenta y ocho.

Felicitaciones y whasApps a punta pala, pero yo creo que me he merecido un buen pincho de tortilla. A vuestra salud me lo sirvió Nela en la cafetería del Provincial. Esta vez sin prisa, pero sin pausa no sea que se me junte con la paella. Lo que va davant… va davant.

PD: Desayunando el lunes he podido felicitar a mi compañero el Doctor Pep Moles que a la chita callando a puesto en evidencia a nuestro fisiólogo de cabecera. Le pronosticó cuatro horas y ha bajado por cuarta vez de las tres horas. Dos cincuenta y cinco a los cincuenta y pico no está nada mal. Y además es primo de Rafa Usó y alcriero de cuna.
Muchas felicidades a todos los Amics del Clot, y en particular a los heroes de la batalla, por haber acabado entre dos y cuatro horas una carrera tan mítica.
Si además habeis acabado de leer esta parrafada ya os podéis acostar a gusto.

FDO: Damián Oliver Benlloch.

Burriana, 10 de Diciembre del año del señor de Dos mil doce.



jueves, 23 de agosto de 2012

La forja de un campeón.

Un día muy importante para un padre es contemplar como uno de tus hijos se coloca en la senda que tu has seguido desde muy joven.
Un día en el que el comienzo del camino parece verse de repente con suma claridad.
En una carrera infantil de verano como es la Volta al Clot.
Coger de la mano a tu hijo de cinco años para guiarlo hacia el recorrido de la prueba, antes de dar comienzo la competición, es un gustazo que solamente se puede sentir si eres Padre.
Yo se que esa tarde calurosa de agosto, diecinueve para mas señas del corriente año de 2012, quedará en mi memoria como un rito iniciativo hacia el atletismo de mi hijo Quique.
Lo que sucedió en la carrera fue bueno, muy bueno.Con final feliz. Sin trofeo pero con gran esperanza. Las formas fueron de gran corredor, de buen estratega, de mejor finalizador.
Esa zancada final sobre el asfalto de un cuerpecito tan pequeño como esforzado me iluminó para pensar que van a ser muchas más las tardes de gloria.
Solamente es un gran presagio... pero de un gran ojeador.
Al tiempo...

jueves, 16 de agosto de 2012

Gonalgia y maraton

Los años pasan y con ellos los kilómetros. El corredor de a pie no cede en su huida hacia ninguna parte.
Mientras las articulaciones se resienten. Quieren reivindicar su derecho a huelga. Su dueño es cabezón y se empeña en darle machaquito.
En la mente más metas, más glorias efímeras. Otro maratón; el de Valencia en Noviembre. Posiblemente el de París en Abril.
Sin pedir permiso a mis rodillas que se resienten.
El plan de machaque ya ha comenzado con el tórrido calor de agosto.
Empieza suave, pero con el caer de las hojas se irán incrementando las cargas kilométricas y las intensidades en los ritmos, las repeticiones y los sufrimientos del invierno, acrecentados por el frío y la falta de luz.
Y todo esto, para qué? Para demostrarme que sigo existiendo, que sigo luchando.
Que puedo sentir un poquito de dolor y algo de sufrimiento del paciente sin consuelo que acude a mi para mojarle sus labios en las puertas del infierno.
El tiempo dictara sentencia, mientras sigo corriendo y sigue doliendo.
"A partir de los cuarenta no correrás sin dolor"- dicen los sabios populares del asfalto. Razón llevan, pero...hasta cuando?




viernes, 15 de junio de 2012

Tarde o temprano.

Estoy aquí... Tarde o temprano  volveré.
Tengo pocas noticias que contar. Más bien parece que la vida sigue su marcha implacable hacia la madurez, no hay opción de parar. Poca de mirar hacia atrás. El camino se hace estrecho. Cada vez caben menos en la senda. Algunos se cansan, otros enferman. Otros cambian de dirección. Otros ya no sé...
Y mientrás la sabia joven crece inagotable hacia el sol luminoso de la existencia incierta.


viernes, 2 de septiembre de 2011

Les fonts de Eslida. Un triunfo esperado y deseado



Sábado 13 de Agosto de 2011.

LES FONTS DE ESLIDA. UN TRIUNFO ESPERADO Y DESEADO.

Es mi primera participación y ya van por la quinta edición. Volta a Les Fonts de Eslida. Carrera de montaña de perfil corto y corredor.

Para el aficionado poco experto, correr en rampas de ladera montañosa que superan con gran facilidad y reiteración el cuarenta por ciento es poco más que una utopía y se convierte en un obstáculo técnico insalvable o una imposibilidad física y biomecánica que no plantea más opción que andar en lugar de correr. ¿Podemos seguir llamando a la prueba “ corredora” ?

Distancia “corta”, 15 kilómetros. Medias de menos de cinco por kilómetro. Comparada con otras pruebas de la misma modalidad de montaña; rotundamente sí.

El mundo de las sensaciones es un universo demasiado privado y personal para exponer aquí, aunque me voy a esforzar en dar algunas pinceladas.

Deseo voraz de años de evolución. Territorio muchas veces explorado y entorno sobradamente conocido desde mi infancia.

Fecha complicada por lo retrasado en la temporada. Fuera de mi periodo de competición en muchos años previos. Mucho calor y ganas de hacer algo más corto o diferente, sobre todo cuando en temporadas anteriores he participado en dos carreras largas, maratón y MIM que han costado muchos meses y demasiados kilómetros de preparación que supone otras tantas horas de desgaste físico y mental.

Este año al renunciar a las dos largas y el haber estado lesionado casi un mes en el mes de mayo, estando al menos dos meses sin competir; me ha posibilitado el plantearme poder llegar.

Renunciar a las carreras cortas de asfalto de verano no me ha costado ningún esfuerzo. Cada vez me gustan menos, a pesar de que el mes de Julio no fue caluroso y sí especialmente lluvioso.

El otro gran obstáculo mental y de trabajo fue el preparar como organizador la X Volta al Clot de Burriana.

Han sido muchas horas de reuniones, teléfono y ordenador. Mucho estrés y otros tantos sinsabores, luchando contra el reloj de forma lenta y en solitario. Es justo lo que menos me ha gustado de mis vacaciones de verano. Estropeadas por tal motivo.

En este contexto decidí una mañana pagar los doce euros en Evassion Running de Castellón.

Los entrenamientos debían seguir. Después del gran momento de forma montañero que demostré en el Bartolo, un mes antes; debía solo mantenerme. Así lo hice.

Aunque mantener un motor de tantos caballos significa salir a rodar por rampas que tienden a superar la mitad de la vertical dos o tres veces por semana y planear por asfalto a menos de cuatro treinta.

Sin series, pero con castigo físico evidente. Mentalmente no es tan duro como en otras ocasiones. Al revés, disfrute por las sendas como una cabra ibérica.

Dos semanas después del fin de vacaciones. Guardias localizadas a días alternos. El día previo a la organización de la volta al Clot.

En fin, demasiados obstáculos para triunfar. Sin embargo el premio lo tenía asegurado. Una escapada por mis montañas queridas.

El día en cuestión comienza a las seis de la mañana. La vecina del rellano va al trabajo. Es sábado 13 de agosto. El día es bueno.

En Eslida son ya poco más de las siete y diez cuando aparco el Pathfinder en la calle de arriba del Bar Paquita. Café en la barra. El ritual sigue con la segunda defecación pre-competicional para soltar lastre. Ya estoy limpio. El GPS no funciona. Tendré que correr guiado por el crono pelado sin más. Ni pulsaciones ni distancian i velocidad. Solamente sensaciones.

Creo que me conozco el terreno demasiado. Hasta el tiempo que voy a hacer. Bajar de una hora doce. He mirado el tiempo que hizo Miguel Mateo el año pasado y le he restado el pico para el minuto.

Me coloco bastante delante. Hay muchos galgos . No sé si soy digno de avanzar tantas posiciones. No me acabo de creer que vaya a funcionar mejor que esas carrocerías tan jóvenes y bien conformadas.

Cohete de salida. La liebre galgo por excelencia sale desbocada. Toma la delantera sin oposición. Es Vicente Calvo del Mur i Castell de laVall. Lleva acoplada al cráneo una gorra blanca de Kalenji para marcar bien la cabeza de la prueba. Va a por el record de la prueba. No tiene oposición. Corre en otra liga.

Los mortales formamos un grupeto perseguidor. Duplas, Ebri, otro del Mur i Castell y otro galgo corredor conmigo; somos un quinteto de mucha dureza y experiencia.

Yo estreno equipaje nuevo a cuadros blanqui-naranja de Amics del Clot combinado con las nuevas mallas cortas y el logo de la Torre del Mar en la espalda.

Asfalto callejero dentro de Eslida, plaza del Bar Nou, descenso entre calles estrechas que van a conducir a una pista asfaltada con las marcas amarillas y blancas del recorrido. Siempre favorable. Voy detrás de los jefes del grupo, en tercera y cuarta posición de carrera.

Senda a la diestra que se mete de lleno en la montaña. Ladera empinada de dificultad moderada y pendiente exagerada. Zig zagueando para eludir la vertical. Tomo la cabeza del grupo.

Persigo a Calvo. Hasta le recorto terreno. Es una locura. En fila de a uno. Los espectadores encima, desde arriba y el fotógrafo inmortalizando el momento.

A la salida a la pista de tierra roja de rodeno se suaviza bastante la pendiente.

El grupo perseguidor se reagrupa. Vuelvo a sentirme arropado. Senda hacia abajo dificultad media, excavada en rodeno y bosque de pino y alcornoque. Toma Mur i Castell la iniciativa. Ebrí viene desde atrás como un potro desbocado.

Pronto nos da alcance y nos rebasa dejando tierra y roca de por medio. Pero aquí el menda va de sobrado y quiere exhibirse.

Me coloco detrás en marcaje estricto al hombre. En la senda de Castro a Matilde el terreno se atraganta de nuevo. Las rampas cortas asesinas vuelven a dejar sin aliento a mi perseguido.

No me queda más remedio que ocupar su posición y seguir otra vez segundo absoluto de la prueba. La senda es caprichosa y rompe-piernas. No se puede tomar velocidad. Hay que meter reductora y tratar de no desembarrancar. No salirse del carril y renunciar a las vistas elevadas de Eslida al fondo de estribor.

Descenso peligroso sin agarre y curvo. Excesivamente corto. No da tiempo a los buitres para lanzarse por la carroña.

Fuente de Matilde y asfalto que mira hacia arriba. Se pisa firme pero con poco oxígeno. Duplas y pareja se desmarcan hacia delante. No quiero ni puedo perseguirlos. Me juego la anoxia y el tío del mazo no me tienta demasiado. No es mi guerra.

Me queda aguantar la subida más dura por la senda del Castillo. Psicológicamente es el hito que hay que superar para poder pensar que lo más dificil ya ha pasado.

Llevo a Ebrí comiéndome los talones. Las pendientes son otra vez de locura si se quiere seguir corriendo. Eses para no avanzar apenas. Es una tortura que hay que tragar con cuchara pequeña y paladear sin agua. Espesa, muy espesa la papilla para conducirte al umbral del tormento cruel del corredor de montaña.

Consigo distanciar a mi perseguidor aunque no estoy para muchas alegrías. Mi cerebro no entiende porque hay que trabajar con tan poco alimento .

Arriba nos lanzamos hasta la pista de rodeno que nos lleva a la fuente de les escaletes. Ahora hacia abajo. Me temo que mi perseguidor pronto me dará caza en su terreno. Pero no. No hay tanta pendiente favorable para lanzarse, es más bien un llano a favor de corredores con mucha zancada. Ese soy yo.

Le mantengo la distancia e incremento la moral a base de robarle segundos al crono.

La próxima senda va por el cauce de una torrentera con mucha piedra y cuesta arriba. Nueva reducción de velocidad y fuerza en el tren inferior para seguir corriendo. Un nuevo atleta de los que me gana siempre me adelanta. Estoy quinto ahora. Ebrí ni lo intenta. Va atrancado en sus marchas cortas. El nuevo descenso de pista se hace a tumba abierta. No tengo suficientes caballos para seguir al potro salvaje. Consigo recortarle en el próximo kilómetro. A punto estoy de darle alcance en un error suyo. Finalmente en la última cuesta me mantiene a raya. Ya en el descenso hacia la fuente de San José pone la tierra por medio definitiva para que mi vista ya no tenga tentaciones de cogerlo.

El terreno es de marrón rojizo rodeado de verde intenso, bajo un sol estridente. Rambla y ralentización técnica. Cuerdas que no son tan fieras como las pintaban en las historias previas. Penúltima fuente en sombra y senda que no te permite volar. Fosques por fin. Descenso de asfalto brutal de casi doscientos metros. En el retrovisor se me acerca el de Cuarenta y dos y pico- no de edad- sino de club.

Activo el KERS y el descenso para tomar el asfalto de la carretera de entrada al pueblo me catapulta hacia el arco de meta con mucho poder y en solitario.

La emoción en forma de temblor y sudor me hizo chocarla como un alcohólico a Vicent Domenech. Una hora once minutos y veintinueve segundos. Hasta en el tiempo lo había acertado. Quinto absoluto y primer veterano.

Había ganado a dos atletas seniors del pódium del Bartolo, la última carrera de montaña.

Conseguí la perfección. Cuidado con lo que deseas. Dónde está el límite…

lunes, 15 de agosto de 2011

PASEO POR LA CUMBRE DEL BARTOLO

Domingo 10 de julio de 2011.

Las cinco de la madrugada de un sábado de verano, en plenas vacaciones. Parece una hora como mínimo atípica o intempestiva.

Si el día anterior por la mañana te has hecho como yo 70 km en bicicleta, subiendo dos puertos de montaña y por la tarde te has ido al cine y has cenado comida rápida con tu familia; parece algo complicado acostarse temprano y más difícil todavía - en el caso de conseguirlo- poder conciliar el sueño.

El resultado; en la cama a las once de la noche y dormirme casi a la una y media.

El despertador suena menos cruel de lo pensado. Todo está ya listo. Hasta las tostadas colocadas en la sartén para solamente tener que darle a la tecla de la vitrocerámica con las legañas.

Con José Alberto a las cinco cuarenta y cinco llego puntual a bordo del Pathfinder en frente del portal del Grao.

Ver la carretera al volante y ver los primeros rayos del sol vestido de naranja y de corto es poco habitual.

La decisión más difícil es ponerme las tobilleras debajo de los calcetines. Además estreno el Compresorsport en los gemelos.

Gente que termina la marcha del sábado con cara de penosas circunstancias es bastante habitual en esos momentos.

Más en Benicasim donde la marcha aún no ha terminado.

Rodaeta y hasta calentamiento en cuesta y por montaña.

No me encuentro nada fino. Antes bien algo pesado e incómodo con tanto material de protección en los pies. Las zapatas, Cascadia 5 de Brooks tampoco es que sean para acelerar como el Ferrari.

Vicente Borja de Amics del Clot y José Alberto, los demás durmiendo en sus casas.

Arco de salida poco concurrido. Lectura homenaje a Irene Edo por una muerte tan inesperada como legendaria.

Cohete al cielo que por poco se queda en el suelo.

Salida en llano y asfalto. Los dos galgos principales de la volta al Terme marcan el camino. Giro a derecha y ascenso por la ruta Jacobina que hice hace un par de semanas.

Pista hacia arriba de piedras y grupo compacto delante. Somos al menos diez unidades. Yo me mantengo bastante arriba, sobre todo cuando más sube el suelo. Cruce de la carretera de subida al desierto y senda a izquierda para llegar a la explanada del convento y los parapentes.

La senda se alterna con pista siempre hacia arriba.

En el horizonte y arriba en el cielo, las antenas del Bartolo. Qué lejos e inalcanzable me resulta.

Parece imposible que en más de media hora estemos pisando su cumbre. Hay que ser más que humano, más que mortal, más que de hierro para conseguirlo.

Consigo ponerme delante, aunque solamente sea por complacer al ego campeón que brota del pasado. Es testimonial, solamente unos minutos de exhibición. El ritmo y las rampas pueden acabar conmigo si sigo con ese plan de ataque. Asesino o suicida.

Doy el relevo. Somos seis en cabeza. Primera senda super técnica y vertical. Entro en sexto lugar detrás de un chaval de verde. Nos quedamos cortados.

Hasta aquí mi aventura con el grupo de cabeza. Los galgos tienen demasiada hambre.

Primer avituallamiento. Yo sé que no me debo cebar y corro con cabeza, aunque aun voy bastante sobrado.

Una señora con la muleta operada por mí me mira incrédula, no sé si me ha reconocido.

Agua e isotónica. Cojo al primer galgo descolgado y el de verde que me espera para que le bajen las pulsaciones.

A partir de aquí nos aliamos en tándem y subimos senda y pista hasta las crestas del Bartolo.

Me concede el honor de entrar primero en la zona más técnica y lenta de la carrera.

El ascenso de escalador me hace ganar distancia con mi perseguidor. Cuando el perfil se normaliza; aunque persisten las rocas y la montaña en estado puro y salvaje, me da alcance mi aliado de batalla.

-Detrás no nos cogen ni de coña. Me dice. Nos hacemos amigos y firmamos un pacto tácito de no agresión. Son instantes sublimes.

La niebla inunda la cumbre. La irrealidad mezclada de sutil frescor en el ambiente da un clima de auténtico misterio y aventura que en todo el año no he experimentado. Sobre todo porque el corazón va bastante tranquilo y poco desbocado.

Segundo avituallamiento, entre el personal médico se encuentra Jaime Serrano, el anestesista amputado.

Me saluda con la mirada. No hay tiempo para más.

Medio plátano, agua y más isotónica. Salgo de nuevo sin pedir permiso a mis contrincantes. Subida final de cemento hasta las antenas. Ya estamos ahí, en la cota más alta; cerca de los 800m del nivel del mar. El límite de la vista vertical plasmado en roca.

Cuantas veces he llegado ahí cascado de sol y con la digestión cerca del final. Más cerca de la hora suprema taurina que de la madrugada.

El cielo encapotado. No hay calor, si mucho sudor. Regulación absoluta en el mapa del motor.

Descenso de pista prolongado. Primero asfalto, después tierra. Calzada ancha. Sin dificultad, donde los bajadores pueden hacer alarde de aceleraciones extremas sin freno.

Vaya exhibición de un runner que nos da alcance. Cuando nos muestra sus cuartos traseros de enjuto magro y poca fibra, sin darnos opción a seguirlo; le da al botón del Kers.

Desapareció de nuestra vista y con ello se esfumó para siempre la quinta plaza.

Yo, con mi compañero verde de rostro joven y cuerpo ligero. Brazos endebles, zancada corta y fina. Rostro cansado y alma noble. En tándem le marco la trazada y el ritmo a menos de tres treinta por kilómetro.

Hasta por lo menos el kilómetro diecisiete, dos de pendiente endiabladamente favorable.

Queda el llaneo de asfalto del último avituallamiento sólido antes de acometer les Agulles de Santagueda.

Amparito la anestesista se sorprende en cuerpo y alma de verme tan delante en la carrera:

-Vas molt be, Damián, no?

-Sí, Amparo vaig molt be, massa be!

Senda a la siniestra en solitario, hacia arriba. Las piernas ya han detectado el cambio de marcha. Termino reptando con la ayuda de las manos y corono la última cota de montaña.

A partir de aquí. Sálvese quien pueda hacia el llano playero de meta.

El descenso sin ser de una pendiente excesiva está minado de piedras y curvas excavadas entre irregularidades siempre diferentes e imposibles de sistematizar por el radar de a bordo.

Suerte de las tobilleras. Me salvan la estabilidad para poder seguir corriendo. No sé si es correr lo que estoy haciendo o simplemente sobrevivir. La oreja puesta en retaguardia. No parece oírse a nadie. Con más miedo que vergüenza acaba la zona donde puedo dar con más facilidad con mis huesos sobre las piedras.

Llano por fin. Entre huertos, campings, encrucijadas de asfalto. A punto estoy de equivocarme. Suerte de un señor que me reconduce con la voz por el camino correcto.

Nadie detrás, nadie delante. Llego por fin al Voramar. Famoso restaurante y casa de alojamiento junto a la playa donde tanto soñé con la novela de Manuel Vicent. Tantas veces lo he rondado. Zancadas y la vista del deseo.

Solamente resta paseo marítimo. Acera ancha y bañistas de improviso. Recta demasiado larga. Tres cuarenta marca el reloj GPS Garmin de mi muñeca derecha.

De repente me siento atacado por un corredor de menor edad, menos galones y figura escuálida. No me queda más remedio que contraatacar para dejar bien claro que no me quiero dejar adelantar a pocos metros de meta. No me hubiera importado en otro tramo más difícil del circuito. Pero en mi terreno…

En meta ya está David Peral el anestesista. Me cabreo por no haber subido al pódium si la carrera hubiera sido organizada con las categorías habituales; veteranos para los mayores de cuarenta años y no de cuarenta y cinco. Así José Alberto, siendo el 23 de la general es segundo veterano y yo sexto, me quedo sin premio, cuando estoy seguro que fui el primero de más de cuarenta.

Le muestro al otro Damián Oliver. El alucina.

Lo demás, ducha con la ropa puesta de correr en el paseo, baño en el mar y espera larga. Siento un gran orgullo en mis entrañas. Quién me quita lo bailado. Aun me queda cuerda para rato.

martes, 22 de febrero de 2011

MOHAMED EL KE VOLA

Después del entrenamiento del Domingo 20 de Febrero no puedo dejar de maravillarme y dar gracias al gran hacedor por darme tanto poder.
Deslizarme por el asfalto soleado del invierno mediterraneo en manga corta es un privilegio altamente adictivo. Tanto que no puedo evitar dejar constancia escrita para los anales por si alguna vez me hago viejo. Volver a releerlo y volver a sentir lo que nunca dejaré en el olvido de las sensaciones.
Está claro que el día salió perfecto. Esos quince grados al sol sin nubes ni viento es una delicia que hay que sentir sobre la carne inmortal del corredor.
No hay nada que se le parezca y que a los cuarenta y tres años pueda experimentar con tanto gozo y a la vez con tanta hambre.
Yo que he tragado kilómetros más que Forres Gun no puedo dejar de extrañarme de manera tan grata porque esto de correr me siga maravillando como si fuera la primera vez.
Pues sí, fue casi mi primera vez que con el automático puesto me acercara a los cuatro minutos por kilómetros. Como el que tiene deseo de más y más durante dos horas y cuarto de carrera para devorar 30km.
Como el chaval que se pide un bocadillo para volver a comer en un par de horas.
Como el enamorado que mira y desea a la hembra joven libidinosa sin poder dejar de contenerte, como el montañero que acaricia la cumbre con la mirada, como el preso que se acerca al mar despues de diez años... así deseaba seguir. A ritmo constante el siguiente kilómetro y el siguiente...
Exhibiéndome en soledad, en silencio. Por los caminos rurales asfaltados, desafiando la pendiente ora contraria ora favorable.
Sin flaquear, sin pinchar, sin bajar, sin desentonar. Todo elegancia, moviendose la silueta de sombra vertical a ritmo constante, danzarin; acompasado por los brazos de forma rítmica, constante, eterna. Sin más pensamiento que el seguir, deborar, engullir el oxígeno para inflar el ego de nada que se pueda comprar, nada que se pueda palpar, ni vender...
Hinchar los pulmones de vida para dar vida al cerebro que no tiene dolor, solo placer y placer. Dónde está el dolor del corredor de fondo. Dónde su agonía, donde su sufrir.
Al final no puedes sentirte vulgar, miras a la gente y la ves como seres débiles, finitos, con problemas; mientras tu te sientes eterno, en gracia plena. Perdóname Señor.
Claro que esto no lo puedo decir, ni contar ni compartir, por eso tengo que escribirlo para siempre.
Y al terminar saludas al vecino que viene -con su placidez cargada de kilos de bondad- de pasear al perro y simplemente le comentas:
-Ya tenemos bastante para hoy. Mientras piensas; jamás olvidaré un poder semejante.
Y te vistes de flaco y te vuelves vulgar al bajar del escenerario.