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sábado, 21 de noviembre de 2015

MARATON DE VALENCIA. DEBUT MINIMALISTA.

 
LA PERFECCION EN EL RITMO SIN LIEBRE. POR FIN LE ENCUENTRO EL TRUCO A LA MARATON.

Valencia 15 de Noviembre de 2015.

Seis de la mañana. La alarma del Iphone 6 plus S se activa. Vestimenta; pantalón negro y chaqueta naranja del chandal con sandalias de romano.  Ya duermo con los pantalones cortos, la camiseta corta de paseo clotera y las medias compresivas con el antepie cortado cutre a tijera. 
El desayuno es la tostada con miel, el plátano, una barrita de almendra y un Isostar energético. Café con azucar moreno y una botellita de agua e isotónico para llevarme en la mochila. 
El último preparado lo tomo arriesgando contra todos los manuales de running, lo encontré en los aseos de la media maratón de Valencia sin estrenar.
Voy a lucir minimal sandal de 10 mm en los pies con cordones rojos. 
La sentada en Roca y  a soltar lastre. 
A las siete menos cuarto ya estoy con el Pathfinder detrás del IES Llombai para hacernos la foto de grupo Amics del Clot y partir con el autobús de Vives hacia la capital del reino de Valencia.
Nervios e ilusión. Quizás menos. No voy a intentar el récord del club ni plusmarca personal. Solamente las sandalias me dan ese aliciente de incógnita  en el desenlace final. 
Me pongo en el asiento delantero izquierdo del bus, detrás del chofer y la pantalla protectora que no me deja estirar las piernas, el Presi a mi lado. El viaje se hace ameno y no me pongo nervioso hasta que dentro de la capital el chofer intenta buscar aparcamiento cerca de la salida, por la ciudad de las artes y la ciencia.
La misma organización ya ha empezado a mostrar  cortes y desvios por doquier en las calles de Valencia.
Una vez estacionados en la Avenida de Antonio Ferrandis, nos da tiempo ha evacuar vejiga en una huerta colindante a la acera. Ya vestido de batalla salimos trotando al asfalto para buscar el cajón de salida. La pinta es imponente y  gratamente característica. Mis sandalias de cordón rojo y los calcetines largos de dedos cortados para enseñarlos al viento. El turbante de cuadros rosa y negro troceado en tres partes, envolviendo la gorra blanca, de collar y de muñequera envolviendo al GPS en la zurda; en la diestra, el reloj rojo que marca la hora. Pantalón negro corto volador y camiseta de tirantes del club. El dorsal de fondo amarillo con el nombre de guerra estampado en negro: Damol. Vamos el León y un servidor. Nos perderemos la liturgia clotera de las fotos y la fiesta. Nosotros vamos a otra historia. Nuestra gloria solo puede emanar del asfalto a ritmo de más de quince kilómetros por hora. Un ritmo que te puede llevar hasta el muro o catapultarte al cielo del ego y la gloria personal.


Dentro de la jaula entramos como perros domésticos, cerca de los dueños del cotarro. La rabia está contenida y disimulada en pequeños trotes de preso en la trena.  Damos vueltas sin parar entre rejas y enmedio de las cámaras de televisión. Teledeporte va a retransmitir íntegramente la prueba. El espacio aun es abundante pero poco a poco se va colapsando de  gente con demasiadas ganas de correr. No puedes ser agorafóbico o date por muerto. La multitud debe alimentarte, no matarte. 
Hasta que faltan veinte minutos no nos ponemos en fila. La eternidad de la espera es lenta. Minuto a minuto. Lo más terrible de la ceremonia de la Maratón. Me lo cargaría de un plumazo.
Los animadores del micrófono no parecen conectar con la peña agolpada detrás del arco de salida: 
-Hay alguien a ese lado? y el holaaaaa ! holaaa!
Recaredo Agulló ya ha dicho lo suyo sin gracia ni sustancia a pesar de su ciencia y de su historia. 
Minuto de silencio en recuerdo a las víctimas del atentado en Paris del 13- N. El miedo de la posibilidad de réplica habita en nuestros interiores sin colarse en el alma.
Los helicopteros sobrevuelan el cauce. La imponente cúpula arquitectónica de la ciudad de las Artes y de las Ciencias  a mi izquierda consigue sacarme y elevarme sobre la muchedumbre como un dron,  a la espera del disparo de salida.
Apenas se oye el tiro. El León no soporta la presión de salir a mi lado y ha avanzado unas filas para irse con la pólvora, huyendo rápido  hacia el hombre del mazo. Salva el apagafuegos y yo, templamos los nervios y aguantamos los caballos. Podría salir con él, no es Albert Ortí. Decido no acompañarle. Su intención es marcar 3.50” por  kilómetro y eso me va a llevar hacia el martillo de forma más que probable.  El está mucho más fuerte y más entrenado que yo. 
Decido quedarme a mi ritmo y le daré caza únicamente si pincha o se equivoca, sino…  bendito sea Dios. 
Kilómetro uno después de atravesar el fotogénico puente de Monteolivete por la diestra y ocupando toda la calzada, mientras los del 10k salen por la izquierda de la mediana. Cuatro cero cinco. Casi diez segundos lento. Al dos mil le  recorto más de cinco segundos. No es hasta el cuarto kilómetro  cuando ya la media es por debajo de cuatro minutos por kilómetro. Ya he marcado un tres cuarenta y ocho. Las fuerzas están intactas. 
En la avenida dels Tarongers me doy cuenta del nivel tan elevado que tiene la prueba ; en la recta de enfrente la cantidad de gente que me lleva la delantera es abrumadora. El baño de humildad  es más que razonable, bestial.
En el diez me apercibo de que el ritmo es el bueno. Treinta y nueve minutos.  El marido de Laura me anima con ganas.
Una atleta hermosa y fornida de larga y lacia cabellera castaña y zancada potente me lleva al ritmo adecuado. Procuro no dejarla escapar, al menos no sin controlar sus cuartos traseros. 
Estamos en Blasco Ibañez. La historia personal en la ciudad por esta avenida no me pesa. Voy concentrado y alegre a ritmo marcial. Nada ni nadie me quita la concentración. Soy una máquina que devora kilómetros sin tregua ni fin. 
Terminator es mi cuerpo, mi mente no para de engañar al cuerpo en los descuentos. Ya solo quedan menos de treinta kilómetros. Menos de cualquier rodaje largo dominical. 
Como explicaba Josef Ajram el cerebro no puede entender las distancias largas, hay que dárselas troceadas para que las metabolice sin empachos.
El quince después de una ronda nueva para mi conocimiento me anima mucho al mantener el ritmo alegre. Enguyo el primer gel del cinturón. No he dejado de hidratarme cada cinco kilómetros.
A la buena fémina la mantengo en paralelo. Volmemos a la Alameda. El griterio es atronador para torcer a la izquierda y enfilar la avenida de Aragón rumbo a blasco Ibañez en dirección este. El diecinueve casi ha doblado al diez. El ritmo es matemático, monótono, igual que la concentración; un exámen final.
La media maratón la piso  en una hora veintidós y cuarenta y siete segundos. Solamente diecisiete segundos más lento que en Sevilla. El cangelo me atenaza los músculos. Estoy rodando  a ritmo de mi mejor crono con sandalias.
 Debo tranquilizarme. Dejo escapar a la potente fémina. Por la pancarta del 26 el diario Marca señala el trayecto hacia la verdadera maratón. Diviso al final de la Alameda al León. Inconfundible con su correr elegante, pero envenenado de lactato.
Antes del veintisiete, poco antes de girar hacia la rampa del Puente Real:
-David, va que queden menys de 3 km perque comence la Marató de veritat.
Descenso del puente hacia Tetuan, diestra y la calle la Paz con el campanario de Santa Catalina al fondo tan majestuoso como siempre. Esta vez no me pilla tocado como hace tres semanas en el paso de la media.
San Vicente mártir es colega mío pero en malo, yo voy mejor; Plaza del Ayuntamiento, diestra y Guillem de Castro hacia el Treinta. La rampa de la Avenida de Burjasot se me hace imperceptible. Ahora si que ha empezado de verdad la carrera. El calentamiento ha finalizado.
Kilómetro treinta y tres , el hombre del mazo se huele. Merodea tal vez por el treinta y cinco. Me mantengo por debajo de cuatro. Cuando se descuide ya he puesto pies en polvorosa de su influjo maligno. General avilés. Avenida Tres Cruces, ida y vuelta, el Hospital Infernal se adivina cerca.
Después la Gran vía de ida y vuelta. Es más del treinta y siete. Camino hacia la plaza de Toros y Calle Colón. Belen y el profesor Miranda me animan con energía. Les dedico un sonrisa sin perder  la compostura. Camino hacia la avenida del Rio. El treinta y nueve queda atrás. Una vuelta al clot y entraré en el jardín del Edén.
El gentío alineado en un pasillo similar al de los ciclistas subiendo un puerto final de etapa en el tour de Francia; impresionante. La piel casi de gallina si no fuera imposible por la coraza mental de gladiador a punto de entrar en el cauce de los Leones. El río que nos llevará hasta la alfombra azul.
Rampa de descenso después del km 41 y … oh sorpresa. No puedo meter la sexta, hay adoquines de perfil alto incompatibles con mis sandalias. No importa, reduzco a quinta. Quedan poco menos de setecientos metros. Recto, dirección Este, diestra sur y Este , kilómetro 42. Solamente quedan ciento noventa y cinco metros de tacto y color celestial. Acelero. Ahora sí meto sexta y piso a  fondo. Nadie puede sentir la suavidad que yo siento en mis metatarsianos cuando golpeo en vuelo rasante a ritmo de una  zancada tan técnica como amplia y potente. Es lo que tantas veces he ensayado bajo la supervisión de los espejos de casa.
Dos horas   cuarenta y seis minutos y veinticinco segundos. Todo se ha cumplido. Las sandalias se han licenciado en una grande. La hemos vuelto a liar.
Gracias Dios mío por tanta salud, y el sufrimiento, ¿Dónde se ha quedado?

miércoles, 21 de octubre de 2015

XXV MEDIA MARATON DE VALENCIA

 

Domingo 18 de Octubre de 2015. 

Cumplí expectativas minimalistas a un precio demasiado caro.

Esto de correr es duro. Tengo que decir que a mis cuarenta y siete aun me sorprendo con lo que puedo sufrir en una competición, aunque se llame popular y no luche por ningún puesto de honor entre más de diez mil participantes.
Tiene bemoles que diga esto después  de correr más de veintiún kilómetros- la mitad exacta de lo que se denomina  Maratón- con unas sandalias huarache para patear el asfalto de la capital del Turia, a un ritmo de tres cuarenta por kilómetro y a más de ciento setenta latidos por minuto.
Enjaularse entre una tropa de hambrientos corredores, ávidos de liberar adrenalina por las calles de una gran ciudad; una mañana de Domingo a las nueve, después de haber madrugado; es un ritual que los corredores veteranos venimos haciendo, en busca de un registro que colme nuestras expectativas de entrenamiento. Es para relatar un tratado de psicopatología antropológica moderna. Una raza especial de urbanita del siglo veintiuno llamado runner.
Colas inmensas ante unas cabinas químicas de evacuación del desecho corporal, llama la atención, sobre todo para los que nos consideramos más primitivos que los verdaderos urbanos.
Pillar un atasco de tráfico para llegar en autobús de madrugada al lugar del evento  deportivo, cuando en una hora vagaremos por sus calles sin más ruedas que la suela de unas sandalias; es- como mínimo- difícil de explicar.
Calentar al trote y en aceleración fuerte para después estar más de un cuarto de hora parados de pie, apretados como sardinas, escuchando unas proclamas políticas de cultura del esfuerzo, cuando los que sermonean dejarán el púlpito para  acudir a  sus poltronas  escoltados en  sus coches oficiales, sin el más mínimo esfuerzo. 
Esperando el disparo que enmudecerá la música de unos altavoces escondidos entre la multitud, detrás de un arco de salida similar al del triunfo pero de plástico, madera  y otros materiales de feria.
Salida, menos de diez segundos para llegar al arco y pisar la alfombra que hará que piten los chips instalados en cada dorsal de los corredores.
Tapón  monumental de gente pesada y lenta que no debería estar tan delante.
Primer kilometro atascado a tres cuarenta y ocho. Ocho segundos lento. Acelero. Voy pasando gente y más gente. Tres treinta y ocho. Mejor. Unos glúteos muy bien calzados marcan la cadencia de unas zancadas femeninas increíbles. Me dan ganas de pegarme detrás, pero paso; debo seguir a mi ritmo y seguir avanzando. Tres treinta y cinco y abandono la avenida del Puerto por la Rotonda de La plaza de Aragón hacia el paseo de la Alameda. Por la calle de Viveros enfilamos el cuarto kilometro, delante de la facultad de Historia; en Blasco Ibañez. La hipoxia se está instaurando de forma inexorable en mi economía muscular.
Kilómetro cinco. Dieciocho minutos y diez segundos. Diez segundos por encima del ritmo previsto. Primer avituallamiento líquido. Agua embotellada, sin derramar ni una gota  sobre mis pies, de lo contrario  estoy muerto. Llevo sandalias, recuerden. 
Tres treinta ya es un ritmo exigente. Voy forzado. No voy alegre a la fiesta. Los coros de animación disfrazados me recuerdan el surrealismo de Valle Inclán y  Woody Allen, gritando cantos ensayados con más o menos gracia: “-¡ Ale, ale, ale; corredor el que no calle!”
En el kilómetro seis avisto los cuadros naranjas de los Cloteros que van en vanguardia. Son David el León y Salva el apagafuegos. Voy a por ellos. Siempre abandonando formaciones cómodas para buscar nuevos legionarios que me darán marcha o me dispararán por la espalda en la próxima esquina. Qué forma tan poco inteligente de correr, pero ese soy yo; Damol en estado puro, un alma desbocada.
Rebaso al Leon que por sus problemas físicos va a morder el polvo, me emparejo con Salva. Hasta el diez somos un tándem perfecto, similar a los tres primeros kilómetros del pasado 10 k de Noulas.
Antes del diez, Salva se escapa para ir hacia el publico donde su mujer le va a entregar el elixir de la fuerza renovada. A partir de aquí pone asfalto de por medio y me quedo con mi soledad de corredor de fondo. La alfombra del kilómetro diez pita de nuevo. Treinta y seis minutos y treinta segundos. Diez segundos más tarde de lo previsto.
A partir de aquí me toca sacar  los cojones y correr más por oficio que por vicio. Más por viejo que por diablo. Se me atragantan los kilómetros. Estoy ya por encima de los tres y cuarenta y cuatro segundos por kilómetro. El suplicio solamente ha hecho que empezar y queda casi media carrera. 
Otro grupo presidido por dos cuerpos de la Unidad Militar de Emergencias me dan albergue entre sus filas. Por poco tiempo. No disfruto de las calles emblemáticas de Valencia. Giro a la izquierda para encarar el puente Real, primero en cuesta y luego en pendiente favorable hacia la Plaza de Tetuán.
Cuando en la calle de la Paz veo al fondo la torre campanario barroco de Santa Catalina, lejos de admirar la estampa de postal, se me encienden todas las alarmas. Cuatro diecisiete aparece en el cuadrante superior derecho de mi GPS. La alerta es roja. Estoy cayendo en picado. El hombre del mazo merodea por las calles cercanas del centro de la ciudad.
Me queda el gel que llevo apretado en mi mano izquierda. Antes del quince,  en la calle San Vicente Mártir lo engullo para tomar agua después. Cincuenta y cinco minutos y cincuenta segundos. Ya casi llevo un minuto de retraso. Debo recuperarme con el nuevo aporte de glucosa.
Es a partir del dieciocho cuando vuelvo a encontrar ritmo alegre cercano a los tres cuarenta y cinco. He salido del bache. Junto al Palau de la música pienso que ya solo me quedan tres kilómetros, una vuelta al Clot. Los hombres espectadores trajeados sonríen ante la incomprensión de ver a unos locos que enseñan sus carnes corriendo como locos una mañana de domingo otoñal, tan apropiada para escuchar música clásica.
El veinte ya esta ahí y con él el último kilómetro. La meta ya se huele, pero tardo en verla. Rebaso a un cuerpo rezagado en solitario de la UME. Intento poner la sexta ante una avenida de muchísima gente agolpada a ambos márgenes de la recta final, varios arcos hinchables. Más gélidas las expresiones  que el cielo azul cálido junto al puerto del mediterráneo. Y final, terminó el martirio. 
Una hora dieciocho marca el electrónico. Objetivo cumplido con sandalias pero jo… lo que me ha tocado sufrir. Cincuenta segundos de penalización no van a ninguna parte.
Lo mejor esta por venir. El paseo bajo el sol junto al mar,las terrazas y los tinglados del puerto marítimo de Valencia. Los compañeros de amics del clot y la Cerveza con tapa y lata en Casa Calabuig.

martes, 6 de octubre de 2015

10 K de Noulas. Un infierno que me llevó a la gloria.

Domingo 27 de Septiembre de 2015.

10  KM DE NOULAS. TANTA GLORIA COMO SUFRIMIENTO
PRIMERA CARRERA MINIMALISTA CON SANDALIAS EN MI CURRICULUM.
Doble paso por la Calle San Jaime mientras agoniza mi tía Soledad.
Ultimo kilómetro dedicado al sufrimiento del enfermo.

Clavé los 36 minutos. Primera derrota frente a Salva el bombero.





Tan bien como fui de  fui mal de motor. La salida a ritmo excesivo me penalizó en exceso para sufrir en el segundo cinco mil.
Circuito urbano a dos vueltas de 5 kilómetros en mi segunda patria. Calles tantas veces pisadas durante mi infancia y juventud. Experiencias tantas habrá que comprimirlas en diez mil metros de  sufrimiento sobre una suela de 10 milímetros atada al pie con unos cordones.

Todo fue hermoso hasta que el pistoletazo de salida nos puso rumbo hacia la hipoxia más absoluta. La anaerobiosis y el lactato a casi ciento ochenta pulsaciones.
Hasta el beso de mi madre rompiendo filas en el pelotón de salida fue tan hermoso y valiente como inesperado.
El ritmo de Salva se hizo insoportable cuando entramos en el quinto kilómetro.
Girar por la Calle La soledad para entrar por San Jaime es una experiencia casi mística que me debía el running.


Dos veces tuve el placer y honor de pisarla en carrera. La calle de mi infancia. Las horas y noches de futbol de  tantos inviernos de fin de semana y entre semanas estivales.
Me quedo con las sensaciones de pisar asfalto urbano y acera con sandalias como si fuera descalzo a un ritmo inicial salvaje. Como un auténtico huarache. Ni los romanos en Cinemascope los he visto tan rápidos.
Siguiendo la estela de Salva, en tándem perfecto hasta que la hipoxia me llevó a abandonarlo en pos de un ritmo más sosegado según mis capacidades y un entrenamiento seguramente más escaso que el suyo. Sin duda demostró estar mejor que yo en esta distancia y en la actualidad.
Antes de tomar la calle de La Soledad por primera vez después del cuarto kilómetro ya se vio que mi ritmo se moría por falta de oxigeno.
El motor de la Harley no da para más revoluciones a pesar de darle gas.
Por la calle mayor hasta el primer paso por meta, ya en solitario siguiendo la estela del clotero comprendí que el sufrimiento solo había hecho que empezar.
A pesar de los menos de 17 minutos y medio para los 5 kilómetros no iba a realizar un tiempazo. Seguí según lo previsto, a pesar de todo.
Serían más treinta y seis que treinta y cinco por primera vez en mi curriculum.
Los segundos tienen toda la pinta de esfumarse sin piedad en cada kilómetro de los que me restan en la segunda vuelta.
El callejeo por los arrabales del futbol me llevan al extravío mental.
-¡Los viejos rockeros nunca mueren!- Arenga de lujo que me da un subidón total en boca de un auténtico esforzado de la ruta y el cross country. Manuel Navarro; vallero total veterano runner ya retirado que tanta batalla me planteó en mis tiempos glorioso. Un tipo tan duro como correoso. De esos que cabalgarían al lado de John Waine por los desiertos del oeste americano
Tus palabras me subieron al Olimpo de los dioses por unos segundos. Después otra vez la soledad del corredor de fondo chancleteando por la vía publica de mi segunda patria me devuelven a la cruda realidad de la hipoxia.
En rectas de mucho poder donde el cronómetro y el GPS se disparaba por debajo de los tres veinte, mostrando que el rockero aun tiene muchos acordes que repuntar en su poderoso tren inferior.
En la recta de la antigua N-340 el combustible se pone en reserva. Las alarmas se disparan. La luz roja en mi salpicadero se enciende como un aviso de crisis total.
El km nueve no aparece y mis perseguidores pueden darme caza. Me acerco a los cuatro minutos y el sonido de la alarma pita en mi cabeza.
Giro a la izquierda y callejeo para rodear la arciprestal de San Bartolomé. Debo esconderme de mi cazador que ya he avistado por el retrovisor.
La caza no va a tener cuartel. Aun no huelo la meta y estoy en el último kilómetro. Es mi terreno sagrado de la infancia. No puede ser tan corto y tan eterno a la vez. Pido por mi tía soledad moribunda que agoniza en su cama de la Calle San Jaime. Mi sufrimiento es similar, aunque será mucho más corto que el suyo. 
Mis tías y mi madre como espectros no me reconocen. El purgatorio para ascender a la gloria de meta hay que vivirlo en soledad.
Giro a la derecha y enfilo la calle mayor.Ahora sí, la meta esta a la vista.
La sexta por fin. La meto y a fondo. Por debajo de tres quince acelero. 
El electrónico marca treinta y cinco y mucho.
En treinta y seis cero lo clavé. Según lo previsto.
Pero tanto tenía previsto sufrir?
Si lo se no vengo.
Después todo son felicitaciones. Podium y primera carrera minimalista con triunfo en una nueva categoría.
Felicidades a mi compañero Salva. Me dio una lección de saber mantener y yo a entrenar más si quiero llegar bien a la maratón de Valencia. 
Al fin y a la postre solo me retrasé cinco segundos respecto al 10 k del año pasado en Almassora con las Adidas Boston Boost de mi antigua era  amortiguada.

miércoles, 22 de julio de 2015

VUELVO A ESTAR EN AÍN.




Después de muchos años he vuelto con la familia a pasar unas vacaciones en Aín.
Hemos comenzando por un fin de semana. De prueba, para llevar trastos, ropa y comida sobre todo.
Es mi propia familia. Isabel con mis hijos. Ya no es con mis primos, mis padres y mis tías.
Aquellos años tan felices de mi infancia quedaron atrás; eso sí, sin olvidar los momentos que aquí vivimos, rebosantes muchas veces de ese sabor especial. Fueron para los sentimientos y los sentidos nuevas experiencias que después siempre hemos querido repetir. Con esa obsesión volvemos y volvemos para ver si volvemos a vivir lo más felizmente vivido. Con nuestros hijos. Para que sorban la esencia del lugar y sus personajes, sus paisajes. Esa pausa. “Deja Vu” de sus tardes, sus noches, esos momentos sin reloj. Sin agenda, sin hora ni día.


Tengo por fin casa. Es la casa de la abadía. En la calle del agua, frente al chorro del abrevadero de caballos. La planta baja. Pequeña, coqueta, antigua. Con sabor a pueblo. Alquilada para todo el año por un módico precio. 
Quizás sea en el invierno cuando podamos paladear con más tranquilidad las escapadas de la vida moderna,  tan nefasta para nuestras existencias cotidianas.
Se presenta como acogedora ante las tórridas tardes veraniegas. 
El frío y la soledad vendrán. Pero de eso ya hablaremos en otras calendas. 

En verano hay demasiado jolgorio. Demasiada juventud desbocada que trata de vivir de prisa y sin las cortapisas de conducta que imponen sus ciudades de origen por el corse del horario impuesto. Aquí todo vale.
Ahora es prioritario ver si mis hijos son capaces de encajar en este puzle de ciudadanos de la plana que huyen del pegajoso calor de la costa para buscar dormir mas fresco.
Si encuentran sus amigos fenomenal, sino será un mal invento. De momento se los traerán de la ciudad. 
Así Patry se ha traído a su amiga Sofía. Damián quizás se venga con Abel, Quique tiene más candidatos. En fin, su felicidad ahora parece que es responsabilidad de sus padres.
Su padre mientras tanto tendrá los cafelitos  en el bar de la Cooperativa, los baños en la piscina de agua de riego y sobre todo muchos senderos y montaña por recorrer. Escapadas de aventura tantas veces deleitadas en solitario buscando mi esencia de Capricornio empedernido.
Después del partidazo con Quique, vestido del Barça en el polideportivo con otros chavales de mayor edad nos hemos reconvertido a la sociabilidad tan pretendida como esquivada en este santo pueblo.
El primer fin de semana transcurrió hasta con tormenta de verano, tan fantástica como rara en estos tiempos de cambio climático. La puntuación es de sobresaliente.
El fin de fiesta del domingo lo puso la cena en el bar Paquita de Eslida, una guinda de excelencia para una existencia sencilla en familia feliz.

QUE TIENE EL CAMINO DE SANTIAGO.

 
No sé lo que tiene el Camino de Santiago; pero te atrapa.
La  aventura, la leyenda milenaria, la energía de tantos caminantes hacia un mismo lugar. La divinidad. Lo mágico. Lo trascendente. Romper con las ataduras del tiempo. Relacionarse con los demás compañeros como peregrinos. Caminantes sin más meta que el camino. Encrucijada de historias personales…
Aventura, reto, creencia, religión, fe, deporte, actividad física y social. Todo lo resume  pero  nada lo explica.
Si lo haces quieres volver. Por qué este tercer camino me reportó a mi tanto encanto.
A priori cuando Ramón Peris lo comentó a Isabel, fue recibida la propuesta como una gran idea.  Después de la gran proeza que quedará para los anales como gesta histórica de un burrianense y amigo llamado Ramón  Peris;  en Julio del 2014: Burriana -Santiago en carrera durante catorce días, Isabel le comentó lo bonito que sería hacerlo con los niños.
La idea ya se gestó cuando allá por el año 1997 hicimos juntos el camino como novios, sin hijos. Isabel y yo. Peregrinos como enamorados que se juran amor eterno.
-Tenemos que repetirlo si llegamos a tener hijos en su compañía. Cuando tengan suficiente edad para poder soportar el esfuerzo de la marcha. Ocho o nueve años sería una edad bonita para ellos.
Hemos tardado casi veinte años en llevarlo a la realidad; pero ahí está. Nunca es tarde para dar vida a un deseo, por más escondido que se encuentre en nuestro pobre corazón.
Tres familias, tres parejas con dos hijos por matrimonio. Niño y Niña por tres. Seis adultos y seis niños. Doce peregrinos, como doce apóstoles que siguieron a Cristo.
Ramón y Nela; Rafa y Belen; Damián e Isabel. Con Ramón e Irene; Oscar y Marta; Quique y Patry. Doce corazones unidos para convivir durante una semana. Compartir ruta, comidas, albergues, conversaciones, ilusiones, cansancios, dolores, alegrías y penas para llegar al templo del apostol  Santiago.
Vilei de Sarria- Portomarín; Portomarín- Palas de Rei; Palas de Rei- Boente;  Boente- Salcedo; Salcedo- Santiago. Poco más de 106 km en cinco etapas de 20 y 25 km.
No importan los días, no importan los kilómetros. No importan los pueblos. Fuimos felices a pesar o gracias al esfuerzo en común. Tuvimos crisis de dolor físico y hasta mental. Desfallecimientos y crisis hasta casi de identidad. Qué  carallo  hago yo aquí haciendo esto en mis vacaciones.  Que se lo digan si no a Oscar y a sus padres sobre todo.
Nunca olvidaremos el camino. Para los niños es una semilla que ha germinado en tierra fértil.
El futuro les recordará que una vez caminaron a Santiago y fueron felices
Especialmente para ellos. Especialmente por ellos. Gracias Dios por llevarnos por la senda marcada.¡ Ultreia!
Porque  sigo  sin entender que tiene el camino que atrapa a tantos extranjeros, tantos europeos, tantos asiáticos, tantos americanos, tantos españoles. Tantos… durante tanto tiempo.
¿Moda? Una moda que dura casi mil años. Nunca había conocido una moda tan longeva. Por definición se contradice con dicho concepto.
El caminante representa el paso por la vida. Siempre en marcha. Hoy aquí, mañana allá. Siempre de paso, nunca se permanece.
A pesar de que el ser humano tiende a echar raíces como las plantas. Si echamos la vista atrás, no nos lo parece.
Cuantos peregrinos en la vida  tenemos la sensación de llevar demasiado tiempo en el mismo albergue. Otros no obstante querrían permanecer  más. Pero todo es efímero, el tiempo, la gloria. Vamos caminando sin fin.
Hacia dónde. El camino no se acaba en Santiago… el “ Finis Terrae “, la vuelta.
Somos los mismos, o transformados por  una pequeña mano de pintura nueva para el corazón, cada vez más duro y roído por los sinsabores de la vida.
El paso. Unas veces lento, otras demasiado rápido. Seguimos caminando.
¿Qué tiene Santiago? ¿Tú lo sabes caminante?
Cuéntame. Me gustaría saber el secreto.

martes, 14 de abril de 2015

Media Maraton Vias Verdes Caudiel- Navajas

MEDIA MARATON DE NAVAJAS. VIAS VERDE OJOS NEGROS CAUDIEL- NAVAJAS

UN DESCENSO QUE DIO LO MEJOR Y LOS MAS GARROTE DE MI MISMO.

UN PODIUM TAN FACIL COMO MANTENER LA AGONIA DE LA PERSECUCION.

PERSEGUIR Y SER PERSEGUIDO. 

Si obviamos el madrugón de las seis de la mañana del segundo domingo de Pascua. La soledad de la noche y el viaje en solitario camino de la autovía Mudejar hacia Navajas.
Si obviamos la soledad en medio de la multitud anónima de corredores populares para esperar en cola de autobuses invadiendo pueblos del interior.
Si obviamos el frío de la mañana, los autobuses yendo y viniendo callejeando por pueblos tan parvos como hermosos, en su despertar soñoliento de una mañana de domingo de Abril.
Si obviamos todo ello, todo se puede decir que pasará a la historia de mi persona en formato de memorandum  glorioso. Señal inequívoca del paso por este mundo tan ingrato como hermoso.
El calentamiento en medio de las calles de Caudiel. La evacuación liquida de cara a la pared de la última calle con miras al campo. 
Vamos progresivamente a encerrarnos dentro de una pequeña plaza como toros en el corral. Cerca de donde el arco hinchable se monta, a la salida de una calle tan corta como ancha. Detrás del mismísimo Groucho Marx resucitado en un disfraz de runner ya conocido por la afición popular.   
Más de trescientas personas buscando acomode siguiendo el curso del laberinto de la humilde villa. 
Cuenta atrás y salida  a las nueve en punto detrás de una moto y una bicicleta. Tras sonar un disparo callejeamos por el pueblo de Caudiel para buscar un primer descenso donde ya las liebres se quieren escapar.
Persigo a la cabeza para cazarla tan rápidamente como mi instinto cazador me permite. Me cuesta mis primeros esfuerzos llegar hasta un personaje añoso y de menos pelo que yo en el craneo; de correr algo grotesco y minimalista, delante de un joven de abundante cabello negro y gafas de rompe-techos que calza  un correr mucho más potente;  en el  triplete del podium un espigado caballero de buena fibra y longilínea estampa que marca su tempo con zancada corta  y briosa, exhibiendo su trastorno torsional de ejes al avance magistral de su figura bien uniformada.
El calvo añoso se lanza para marcar un ritmo que aunque parece tranquilo a ojos de un profano se erige como mortal de necesidad para los perseguidores.
Le tomo el costado de su siniestra para acceder a  la vía verde en descenso de asfalto gastado  hasta que el cuerpo aguante. 
Vamos a menos de tres veinticinco y son veintiún  kilómetros. 
Rompe-techos de Xátiva me guarda la espalda con respeto. Pronto el ritmo mortal del añoso deja asfalto de por medio con los perseguidores. Yo, hasta el kilómetro cinco no quiero comprender que voy  a un suicidio asistido. Mi compañero de viaje es mi asesino confeso. 
Lo dejo escapar y me quedo relegado a perseguidor perseguido por el gafotas. Segundo puesto absoluto.
Así se mantiene la película hasta que en el avituallamiento del pueblo de Jérica- en el km 10- sufro un ataque del tercero que me rebasa con fuerza y muchas ganas liberadas. No me resisto y lo mantengo a tiro de arma corta. 
Es después del km 15 cuando me doy cuenta que mi objetivo de tiro comienza a tener problemas. Se gira para calcular referencias con su perseguidor y gesticula mirándose repetidamente el reloj. Son señales  inequívocas de flaqueo. Cargo la pistola y sigiloso le voy recortando metros. Le doy alcance y corro a su lado para testarlo. Meto una marcha más y olvido disparar. El ritmo de menos de 3.40 es suficiente para dejármelo atrás y quedarme en segunda posición en solitario de nuevo. Al primero ya no lo veo y por tanto está fuera de mi objetivo. La entrada en el pueblo final de Navajas se anuncia a falta de 2km para meta. Dejamos la antigua vía del ferrocarril para tomar la carretera de entrada. Descenso abrupto de calles hacia abajo del pueblo y ahí, sin previo aviso me vuelve a atacar por sorpresa el de Xativa, que yo creía fuera de combate. La juventud se impone y no le disputo su bien ganado segundo puesto. Yo me conformo con entrar tercero en la alfombra roja de meta, arengado por el speaker que no aun no me conoce y  doblando a corredores del 10 k. 
Foto con los dos antecesores y triplete de podium muy trabajado a mis 47 años. ¿Qué más puedo pedir?

lunes, 2 de marzo de 2015

Maratón de Sevilla. 22.02.15. Me saqué la espina de Castellón. 2:44'43". Plusmarca personal

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Esta vez, afortunadamente no solo fue muy buena; fue la mejor de todas las partes anteriores en la distancia de Filipides.
Dice Martín Fiz, campeón mundial de la distancia, en su documental Fiz, puro maratón; que la maratón saca lo mejor de ti mismo y te ayuda a conocerte.
Yo sabia que podía conseguirlo. Es verdad que dos meses antes, en Castellón me equivoqué. Tan preparado como estaba, me equivoqué en el ritmo de carrera. Fui demasiado rápido y lo pagué en el kilómetro treinta. Erré en el objetivo. En vez  luchar contra  mí, pequé de ambicioso y fui a por el récord del club. Tan solo cinco minutos de diferencia me rompieron.
Afortunadamente la vida nos permite equivocaciones y algunas veces nos concede tiempo y valor para  poder enmendarlas. Ahí esta lo bueno y la gracia de este camino hacia la sabiduría. Comprender que te has equivocado y como un buen médico, hacer un buen diagnóstico en el dónde,   para proponer un buen plan terapéutico en el cuándo y cómo.
Estaba claro que el cuándo debía ser lo más rápido posible, pues después de tres meses de duro entrenamiento, desde el 1 de Septiembre, si quería rematar la faena debía ser cuanto antes.
Busqué una prueba en el calendario cercana a Diciembre para no perder lo conseguido y tener que empezar de cero sin que el mantenimiento fuera demasiado largo y pesado. 
Ahí encontré Sevilla. El 22 de febrero. Tan solo dos meses y medio después de Castellon.
Sabía que me iba a mover por un circuito muy rápido y totalmente llano. A priori muchas probabilidades de obtener un  buen tiempo. A priori buena temperatura, sin viento y un caloret especial de la afición, que aunque no fuese fallera  sí lo es palmera, salerosa y andaluza; con esa gracia especial. Así que... ¡Vamonoooos!
Mantuve el entrenamiento a ritmos de entre 135 y 155 pulsaciones según la prueba de esfuerzo realizada en mi hospital Provincial. Solamente traspasé la línea roja en las series largas y en los cambios finales de los rodajes largos.
Mi corazón se fue adaptando. Mi ritmo de crucero cada vez más poderoso y con menos latidos. Los músculos fueron oxigenándose y recuperándose de Castellón para volver a la pelea.
Una media maratón en Sagunto fenomenal en una hora y dieciséis. Otra media maratón en solitario de entrenamiento en una hora y diecinueve, haciendo un último mil en menos de tres quince.
Series de hasta seis mil cada vez con menos sufrimiento. A veces hasta disfrutando del solet y mi sombra sobre el asfalto en horas de siesta.
Los problemas de sobrecarga muscular en los gemelos y tibial anterior a falta de dos semanas resueltos con la ayuda del Fisioterapeuta y unos cuidados de hidroterapia y mimos en la piscina municipal de Burriana.
En mi  ultimo rodaje largo de 22 km desde el polideportivo del Chencho de Castellón hasta Burriana
empiezo a sentir que - a falta de una semana- mis músculos del tren inferior están  ya preparados. El motor carbura en régimen superior. Los últimos cuatro kilómetros acelero para meter la sexta con gran solvencia y el rendimiento se optimiza  por debajo de 3.45". El bache está superado. El coco se insufla de  la autoestima suficiente para afrontar un reto tan exigente como mejorar la barrera de las dos horas y tres cuartos en tierra extraña, con mis hijos a mi cargo y de referencia más directa.
Por fin llega el gran día.
Con Javi en el Taxi y otro extranjero me recogen  de enfrente de la plaza de la Maestranza pasadas las 7.45 horas. Renuncio a  ir al trote o andando. La espera se me hace  larga por el madrugón y los nervios.
Dejo a mis hijos durmiendo y con todo preparado para -cuando se levanten y se reúnan con Marta en su particular maratón de animadores a lo largo de un circuito tan largo como concurrido- no les falte de nada.

En el estadio de la Cartuja me despojo del chandal y me quedo ya en tirantes y pantalón corto para sentir el frío de los 8º C en mis carnes enjutas, fibradas y depiladas. El petate en el guardarropa. Trote cochinero hacia la salida. Calentamiento detrás de las vallas como presos en un campo de concentración. Somos autómatas a  ritmo de la música, estirando y haciendo gestos repetidos tantas veces. 
Las arengas del hombre del micrófono te hacen tomar conciencia de lo que vamos a vivir. Ritual casi litúrgico para preparar el momento y revestirlo de trascendencia como la requerida para la participación en un acto tan importante como una carrera internacional de Maratón en una ciudad tan emblemática como la capital Andaluza. 
Voy - a falta de quince minutos para las nueve - ocupando mi sitio  en las jaulas de salida ordenadas por tiempos.
Quince minutos interminables encerrados hasta el disparo de salida. 
El cinturón pectoral del pulsómetro decido bajarlo a la cintura. Renuncio a la molestia danzante  y a la información cardiaca por una vez. 
Cuando se da la salida al grueso del pelotón corredor somos tan felices como los potros que salen del rancho para buscar el pasto de los prados.
Las liebres de las 2h 45' van con unos globos azules y se me escapan tanto que tengo que espabilar. Me doy como plazo unos kilómetros para alcanzarlos.
No es hasta el kilómetro cinco que me pongo a su nivel. Para ello tengo que correr por debajo de los 3 minutos cincuenta segundos por kilómetro.
Es en el puente de San Telmo, donde están Damy y Patry con Marta. Allí me pongo a ritmo estable hacia la gloria.

Sufriendo lo justo y necesario para ir devorando kilómetros por anchas avenidas separados del  tráfico automovilístico por conos rojos. Flanqueados por espectadores animosos siempre en filas muy concurridas.
El primer diez mil según lo previsto por debajo de los treinta y nueve minutos. La media maratón clavada a diez segundos por debajo de la hora veintidos y treinta segundos que marca la divisoria exacta del tiempo final. Los geles de mi cinturón voy incorporándolos a mi metabolismo en el quince, veinticinco y treinta y cinco kilómetros. Los avituallamientos continuos servidos en vasos de cartón, derramándose muchas veces. Ya no se si son de agua o de preparado liquido isotónico, aunque los voluntarios gritan su contenido, aveces demasiado tarde, los voy engullendo a sorbos tan cortos como si  un pájaro  fuera.
Tengo un inspiración y decido lanzarme -por primera vez en mis cinco maratones -a improvisar un acto de alimentación. Me lanzo a por trozos de plátano. Se que en las carreras de montaña largas me ha ido siempre bien así que me arriesgo y los engullo con mucha quietud chupando la pulpa para poco a poco pasarlo del tubo digestivo al torrente sanguíneo. Me ayuda a sentirme mejor. Creo que lo he acertado.
Llegamos al kilómetro treinta. Empiezo a pensar en la lección tantas veces repetida a mis hijos y escrita en folios para recordármelo; “la maratón empieza en el treinta”- hasta entonces solo ha sido un calentamiento.
Que casualidad que uno de mis acompañantes lo verbaliza en voz alta. Esto ya no hay quien lo pare.
Treinta y dos. Un diez mil. No se si es un pensamiento positivo o negativo pero entre la multitud alguien lo clama al cielo.

A partir de ahora solamente los bien entrenados van poder aguantar el martirio, los demás van caer como moscas. El cambio metabólico ya esta en marcha. Los depósitos de glucógeno tienen que estar en reserva. En mi salpicadero mental no hay ninguna luz roja encendida. Estoy preparado para combatir al hombre del mazo. Lo espero. Parque de Maria Luisa. Puede estar escondido detrás de un banco, puede aparecer detrás de un árbol, salir con el tridente desde un claro. Me lo espero de un momento a otro.
Plaza de España. Kilometro treinta y cinco. El sol brilla de una forma especial contra el artesonado mudéjar y por primera vez en una maratón se me pone la piel de gallina. Los muslos están erizados de adrenalina.
Voy bien. Decido dar un golpe de timón y salto de las liebres. Me libero hacia delante. Siete kilómetros para la gloria.
Dos kilómetros para llegar al fatídico treinta y siete, donde abandoné en Castellón. Entro en la Sevilla histórica entre adoquines y railes de tranvía.
Empiezo a rebasar rivales, pero no tantos como pensaba. La gente por delante va bastante firme. En el puente de la Barqueta está el km 40. Ya hasta meta debe ser un paseo triunfal. Los músculos remojados en  lactato para reconvertir en glucosa buena para el ultimo km. Ahí si que es todo coco. Cuantas veces he pensado en llegar aquí con ese poder. Un sueño una semana antes de la maratón me dijo que así iba a suceder.
Aunque son calles polígoneras, poco animadas, me dirijo al estadio Olímpico de La Cartuja. No lo olvido. Brutal.
Entrada en el túnel. Oscuridad y descenso hacia el tartán. De lo anodino a lo inolvidable. De la oscuridad a la luz. Las gradas están bastante desiertas. Demasiado hormigón, pero en cabeza el estadio esta a reventar y siento las campanas del Paraíso. Me creo que es la final olímpica y me bato por un metal precioso.  
Delante a cincuenta metros tengo en el punto de mira a dos rivales. Tengo fuerzas. Tres veinticinco marca mi Gps de pulsera. El ritmo es fantástico para ser el kilómetro 42. No voy a disputar el puesto a nadie. Solamente me resta la recta de meta. El gozo no me cabe. Acelero lo justo para dejarme llevar y paro el cronómetro . Estoy entero y muy contento. 
Alguien me cuelga una medalla de Finisher y me hace una foto. Para siempre.
Lo he conseguido. A la segunda. Lo que tenía que haber conseguido en Castellón lo he tenido que demostrar a más de 800 km al sur.  Dos meses y medio después, manteniendo el entrenamiento desde hace cinco meses.
El maratón de caminata, nervios y stress por coger el tren fue tan duro como la carrera primera, pero no es este lugar para narrar penalidades banales.
Me quedo con la gran lección de trabajo,  pundonor y raza.
El gran Damol ha vuelto. 
Síííiiiiiiiiiiiii!